miércoles, 3 de septiembre de 2025

Evolución cultural

Siempre que hemos visto algo relacionado a la evolución, terminamos hablando de ambiente, su cambio y las consecuencias sobre los seres vivos. Aquel que por cuestiones azarosas de la recombinación genética reúna las características apropiadas para sobrellevar los cambios, dejará más descendencia. En la escuela secundaria, muchos de nosotros hemos visto el “melanismo industrial”, proceso en que las polillas de los abedules (Biston belularia) más claras quedan expuestas y son alimento visible para los predadores, mientras que las polillas oscuras logran pasar desapercibidas en el hollín de la revolución industrial impregnado en las superficies. De este modo, se produce una reproducción diferencial.

Los seres humanos por nuestra parte, hemos llegado hasta la actualidad gracias a mecanismos evolutivos como los demás seres vivos, aunque se nos debe tener en cuenta la evolución cultural. Si bien existen seres vivos que pueden modificar el ambiente y vivir en sociedad, no hay algo a gran escala como lo humano. Nosotros como especie modificamos el ambiente de tal manera que gran parte de la población humana no vive en contacto con la naturaleza sino en contacto con factores culturales. Por supuesto que sufrimos o recibimos acciones ambientales naturales como un tsunami, terremotos, erupciones de volcanes, olas de calor pero, lo que nos llega directamente tiene que ver con el ambiente cultural que hemos sabido construir. Desde ya, muchos dirán que esto ya estaba cuando yo llegué. No obstante, cada uno ha agregado su granito de arena en el imparable desarrollo cultural.

Los factores culturales están presentes a nuestro alrededor y cito ejemplos: escuelas, ciudades, clubes, iglesias, rutas, autos, etc. aunque también deben considerarse roles: profesor, médico, chófer, presidentes, países, etc, y verán que cosas abstractas tienen sustento en objetos tangibles. Un profesor necesita un aula, un pizarrón, un fibrón o una tiza, guardapolvo, debe haber un timbre o campana (¡qué antigüedad!), elementos que salen del uso y/o explotación de recursos naturales. Si mirás a tu alrededor, verás todos los objetos que te rodean. Tus libros, tus guitarras, tu auto, tu ropa, tu comida (ultraprocesada), luces, horno, puertas y paredes, y ambientes y subambientes. Lo que ocurre en un aula, en un medio de transporte, en la calle, en el interior de tu automóvil, son factores que sin duda te afectarán. Algunas cosas te generarán ideas, otras te darán ganas de huir o dormir el día entero. Existen cosas que entusiasman y otra que no. Lo importante de esto, y es algo que no está alcance de todos, es que podemos cambiar cosas de nuestro entorno: la ubicación de tu cama, lo primero que ves al despertar, lo que leés, lo que mirás (series, películas), lo que comés, los productos que consumís, las conductas y comportamientos, tu forma de consumir (teniendo en cuenta o no al ambiente natural y el factor biótico sustentado en el mismo), etc. ¿Qué pasaría si cambiaras el orden de las cosas que están delante de tus ojos? Como pueden ver, no somos polillas que ante el hollín no podemos hacer nada. Nosotros podemos regular la entrada de aire para que la combustión sea la correcta antes de que se nos ponga negro el comedor. Entonces, ¿podemos controlar nuestra propia evolución?

Las decisiones que tomamos, son parte del factor cultural. Éstas se convierten muchas veces en acciones, y como tales generan consecuencias, aunque cuando todo sale bien decimos resultados. Y ya sean buenas o malas, las consecuencias modifican nuestro entorno. Modificamos a quienes están cerca nuestro, a nuestros lugares de trabajo, hogares y a nuestra propia mente. Creo que a esta altura ya has entendido que si se puede gestionar un proceso evolutivo cultural. A veces para bien, y otras veces para mal (sabemos lo que es la manipulación). De este modo el tema queda expuesto, podemos evolucionar y podemos modificar nuestros ambientes para tal fin.



martes, 16 de marzo de 2021

Planteo del problema

¿Cuál es la problemática?

Ariel Pizzarelli


A menudo las cosas simplemente suceden. A veces nosotros somos testigos de esas cosas, a veces únicas y otras repetidas rutinariamente. De un modo u otro, establecen hechos. Incluso las cosas que no se ven establecen hechos. Siguen siendo hechos aunque nosotros no hayamos estado. Hablaremos de hechos, auque se haya tratado de algo espiritual que no podemos explicar. Son hechos, por la simple razón de que han hecho algo y transformado el estado original de alguien o alguna cosa. En algunas ocasiones vemos el hecho y somos testigos directos y otras veces vemos la evidencia de que algo pasó (la existencia del universo, los dinosaurios, etc), pero no sabemos cómo.

Si se trata de algo visible o de lo cual fuimos testigos, decimos que pudimos observarlo y presenciarlo. Dicha observación nos va a proveer una cierta cantidad de datos que tendremos que guardar, tomando nota, midiendo, guardando muestras (la uña de un velocirraptor) y dejando el campo preparado para que “otros” también puedan investigar. ¿Quién no quiere ser el primero en descubrir algo? Sin duda, la suerte de los datos que brinda la observación es cautiva de los celos de quiénes investigan. ¿Sabían que muchas mujeres fueron descubridoras y figuraron hombres en su lugar? ¿Sabían que hubo hombres que se batieron a duelo por esta razón?

Es claro el hecho (sabiendo cuál es o no), la observación (del hecho real o simulacro) y con los datos en el cuaderno (míos o robados) me llevarán al punto clave de toda investigación: el planteo del problema, es decir, la problemática. Es la parte filosófica del asunto. Son todas las preguntas que podés hacerte alrededor de un hecho, siempre y cuando seas una persona curiosa.

¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Quién? ¿Quiénes? ¿Cuánto? ¿Cuándo? Son la suerte de preguntas iniciales que desencadenarán una investigación. Las preguntas, hacen pensar, y hacen que cada persona pueda arriesgar opciones de cómo cree que fueron las cosas. Ese intento de explicar “cómo fue el origen del universo” será mi hipótesis de trabajo. Así es fácil comprender que las preguntas son muy importantes a la hora de iniciar una investigación, ya que es un acto creativo que me da opciones y con éstas puedo elegir y descubrir. Hacer buenas preguntas es clave para desarrollar criterio propio y libertad de pensamiento.

La hipótesis generalmente se establece de una forma determinada. No se escribe de cualquier manera. Hay un modo: “Si... Entonces”. Si me asomo por la ventana y veo gente con paragüas, entonces está lloviendo o está anunciado lluvia para este día. Desde ya, el ejemplo es sencillo, pero podemos pensar los siguientes ejemplos:


Si las galaxias se siguen separando, entonces es probable que haya sido una explosión el origen d1el universo que aún sufre la onda expansiva de aquella a la llamamos Big Bang.

Si encontramos huesos de animales enormes (que no hemos visto nunca vivos), entonces se trata de la posibilidad de que haya especies extintas y que nuestro planeta no se haya visto como hoy.


Las hipótesis se vuelven cada vez más largas. La calidad de las hipótesis dependen de las preguntas que nos hagamos y todo esto depende de cómo hayamos observado, y cómo hayamos tomado nota de las cosas. Te podría preguntar: “¿No te estás perdiendo de algo?”. Luego de la hipótesis viene un momento clave que es la evaluación de la hipótesis, es decir de todo lo anterior, y eso es nada más y nada menos que la experimentación. Ahí verás, en la experiencia si tenías razón o no. Algo llamativo es que todo lo que hagas debe quedar bien documentado, porque en el caso de tener razón otros querrán averiguarlo, y para ello seguirán tus pasos.

Lo demás es historia. Tu s hallazgos se convertirán en teorías, teoremas o leyes, dependiendo de la ciencia en la que te encuentres. Sin embargo, para hacer todo lo explicado anteriormente, no necesitas ser científico, aunque si hacer buenas preguntas.

jueves, 20 de agosto de 2020

Frente al espejo

por Ariel Pizzarelli

Sabemos nuestro nombre, y sabemos dónde hemos nacido. Algunas veces tenemos en claro a qué nos dedicamos y otras veces sabemos qué es lo que nos gusta, sabemos que somos padres, madres, ateos, cristianos, mulsumanes, heterosexuales, gays, hombres, mujeres, trans o extraterrestres (hay gente que se considera como tal). Podemos seguir avanzando en este sentido, pero sólo lograríamos entender que no sabemos quiénes somos. Muchos libros pretenden explicarnos desde la autoayuda y ahí está la verdadera cuestión. ¿Cómo hago para ayudarme a mí mismo si no sé quién soy? ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Desde cuándo le dedicamos tanto tiempo a un desconocido? Yo soy de una época o generación, en la cual no se hablaba de política ni religión con extraños, de hecho recuerdo una canción de Ronnie James Dio Don't talk to strangers” (no hables con extraños), donde quedaban “claro” los motivos por los cuales no había que hacerlo y entendíamos a nuestras madres que repetían todo el tiempo que de religión y política sólo debía hablarse en familia. Hoy ya sabemos que ni siquiera con los familiares se puede hablar de política, pero esa es otra historia.

En la década de los 90 aparecieron muchos libros que afirmaban que el secreto era verse al espejo y decirse esto y lo otro. Esta técnica de la Gestalt no es para nada sencilla. ¿Cómo hago para mirar a la cara a un extraño y hablarle? Muchos al mirarse a la cara comienzan a llorar sin siquiera hablar. Otros quedan mudos, otros hablan, lloran y ríen, todo junto, y algunas veces yo (Ariel) vi como la persona sentada frente al espejo resolvía romperlo en pedazos. Este último caso, evidenciaba violencia familiar. Esa persona había roto el espejo, porque se culpaba de la situación, no se perdonaba y odiaba verse. Así fue que entendí que lo del espejo no es un juego y si es bien usada la técnica puede servir para resolver problemas.

Recuerdo que un día la profesora de Filosofía entró a la clase (año 1996) y preguntó ¿quiénes éramos? Hubo silencio. Muchos pensamos que la profesora comenzaría alguna explicación, ya que ella solía explayarse y luego nos permitía preguntar. Con ella, aprendí a tomar apuntes. Sin embargo, la profesora Verde Rey quería otra cosa. Caminó por el aula, y en la medida que se acercaba a cada uno de nosotros nos miraba y nos preguntaba ¿quién sos? Sin duda fue una de las clases más lindas que recuerdo de la escuela secundaria. Estando ya en el profesorado, cursando educación para la salud, con la profesora Campero, me encontré con el espejo por primera vez. Ahí la pregunta no fue quién sos, ahí era yo, futuro profesor, con necesidades puntuales, y la pregunta fue ¿Quién soy?

Hoy nos enfrentamos a un montón de situaciones que a veces no podemos resolver o entender. Esto que nos pasa a todos nos obliga a ver las cosas desde otra perspectiva. Encima hay miles de versiones de todos los temas que se te ocurran, como si un gran espíritu de confusión se hubiera adueñado de la sociedad. Sin duda es muy difícil vivir así, discutiendo por todo. De nada sirve ser un profesional, ya que estamos rodeados por personas que se las saben todas. Así es como en cinco o seis renglones puedo demostrar como el tema del espejo quedó lejos en el tiempo, porque lo hemos perdido discutiendo con personas que no saben quiénes son.

¿Qué inseguridad tan grande es la que nos lleva a pelear por todo? ¿A qué le tenemos miedo? ¿será miedo a perder algo? Yo no lo sé, pero de un tiempo para acá he decidido ver a las personas que a pesar de todo lo que ocurre se mantienen estables, atentos y sin pelear. He concluido que tales personas se mantienen así porque iniciaron en algún momento de sus vidas la búsqueda del autoconocimiento, es decir saber quiénes son y descubrir el propósito de sus vidas. Puedo ver que algunos de ellos lo han logrado porque veo frutos dignos de esa meta o logro alcanzado. También veo y me identifico con aquellos que buscamos el propósito de nuestras vidas.

La verdad es que no sé si la técnica del espejo alcanza para esta búsqueda, pero que todos hemos nacido para algo es seguro. Por eso creo que no es bueno vivir peleando. Se nos va la vida en eso. Hasta podemos llegar a ser altamente exitosos, viviendo la vida de otro. Sé que eso es triste. Por eso estoy convencido que al saber quién sos o al estar buscando esa verdad, entenderás que todos estamos en la misma, tratando de saber quiénes somos en realidad.

viernes, 14 de agosto de 2020

SENTIDO COMÚN

 por Ariel Pizzarelli

El sentido común es un sentir común, común de comunidad, comunión... en algunos puntos todos sentimos lo mismo. No vamos por calles oscuras de noche, no dejamos el celular arriba de un banco de la escuela, no dejamos el auto o la casa sin llave en nuestra ausencia, etc. Sin embargo, tener sentido común requiere de mucho conocimiento porque vivimos en una sociedad cada vez más grande y amplia donde la diversidad aumenta. Esto significa que una persona que pretende tener sentido común debe tener buen roce social. Eso me va a permitir acercarme a algunas realidades, posiblemente entenderlas y actuar en consecuencia. Pero todo eso es una decisión. Uno tiene que decidir ser empático, tener sentido común y buen roce.

El sentido común desaparece cuando lo que yo pienso se vuelve más importante que todo, cuando no me importa lo que le pasa al otro y CUANDO PIENSO Y CREO QUE LO QUE YO PIENSO, DIGO Y VIVO ES LA ÚNICA REALIDAD QUE HAY EN LA TIERRA.

Sin duda el egoísmo, el individualismo y algunos reduccionismos son causantes de la desaparición del sentido común.

¿Cómo recuperamos el sentido común? Es difícil lograrlo cuando vemos a un pobre y unos piensan que no quiere trabajar, otros piensan que no recibió educación, algunos opinan que no tuvo las mismas oportunidades por la gran asimetría social en la que vivimos y se suman los que ni siquiera vieron al pobre al que acaban de esquivar. A eso se suman los medios de comunicación, que como falsos profetas hablan y hablan y logran que la gente repita como loro frases y pensamientos. Es increíble como se perdieron valores y principios a raíz de esto. Es triste medir a las personas de acuerdo al canal de noticias que miran para tener una mínima idea acerca de su confiabilidad...

El sentido común es el conjunto de conocimientos y creencias compartidas por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos o válidos. Se trata de la capacidad natural de juzgar los acontecimientos y eventos de forma razonable. ... Dicho proceso es realizado por este sentido interno y configura la percepción. Esta oportuna definición nos deja bien claro que dejamos de ser prudentes, no alejamos de un pensamiento lógico y comenzamos a decir cosas sin sentido. No sólo eso, somos capaces de arruinar una reunión familiar, una navidad, terminar con una amistad de toda la vida e incluso dejar de hablarle a los seres más queridos como los son nuestros padres.

El sentido común saca a un país a adelante. La falta de sentido común lo divide. Sin sentido común vivimos peleando, cada charla se llena de una tensión evaluativa donde medimos al otro para ver si es o se hace. Y tenemos listas las etiquetas. Podemos afirmar que el que piensa como yo es un genio total y el que no un estúpido, al que quiero ver cómo hace para darle de comer a sus hijos... sin sentido común nos llenamos de odio, intolerancia, nos volvemos hipócritas, perdemos credibilidad y las personas que nos rodean dejan de confiar en nosotros.

Sin sentido común nos volvemos jueces juzgados, muertos que se ríen de los degollados, vencedores vencidos, que no viven y no dejan vivir...

sábado, 19 de noviembre de 2016

La fiesta ajena

La fiesta ajena
Liliana Heker

 Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.

No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.

Los ricos también se van al cielo –dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.

Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m’hijita le gusta cagar más arriba del culo.

A la chica no le parecía nada bien la forma de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.

Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque

Luciana es mi amiga. Y se acabó.

Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. –Oíme, Rosaura

dijo por fin–, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más. Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.

Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.

Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.

Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.

¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te crees todas las pavadas que te dicen. Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué? si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.

Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios.

Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima. La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:

Qué linda estás hoy, Rosaura.

Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.

Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto. Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio.

Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí, pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo”. Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho:

¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:

¿Y vos quién sos?

Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.

No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.

Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.

¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.

Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria.

La del moño se encogió de hombros.

Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?

No.

¿Y entonces de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.

Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:

Soy hija de la empleada –dijo.

Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.

Qué empleada –dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?

No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.

Y entonces, ¿cómo es empleada? –Dijo la del moño. Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.

Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo. Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo.

A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz. Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima. Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa

roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono le llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía.

No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”. La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.

¿Al chico? –gritaron todos.

¡Al mono! –gritó el mago.

Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo. El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.

No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.

¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.

Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero. Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.

A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago–. Y todos vieron cómo la señalaba a ella. No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura. Dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:

Muchas gracias, señorita condesa.

Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.

Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita

condesa”.

Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago. Su madre le dio un coscorrón y le dijo:

Mírenla a la condesa.

Pero se veía que también estaba contenta. Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”. Ahí la madre pareció preocupada.

¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.

Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.

Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le daba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?” Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:

Yo fui la mejor de la fiesta.

Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar al hall con una bolsa celeste y una rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá. Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:

Qué hija que se mandó, Herminia.

Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera. En su mano aparecieron dos billetes.

Esto te lo ganaste en buena ley –dijo, extendiendo la mano–.

Gracias por todo, querida. Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés. La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

En: Los bordes de lo real, Alfaguara, 1991.






 

lunes, 13 de junio de 2016

¿Conectado a qué?


Están todos Conectados. Todos están siendo Interrumpidos permanentemente. Sufren de una severa Sobreinformación que no los deja ver correctamente. Todo el tiempo están oyendo lo que viene desde afuera perdiendo la posibilidad de conectar con lo IMPORTANTE. Están presos de una Saturación.

Hay muy poco Aguante y ser único y constante no vale la pena. Cuando alguien tiene la posibilidad de hablar y hacer preguntas importantes como ¿Cuándo siento que se ensanchan mi alma? Pasan desapercibidas. ¿Cómo me ayuda la escuela a vivir hoy? ¿a dónde queremos llegar? ¿qué queremos alcanzar? ¿Entraste en el proceso? Hoy todo va muy rápido y no todos quieren perder el tiempo con esto.

Unos pocos se animarán a buscar lo nuevo (aunque no es nuevo) y conectar con lo verdaderamente importante. Es necesario que algo nos retrasa y no quiere que avancemos. Por eso, Se necesita energía, tomar decisiones, ganas, tener bien claro las motivaciones y los objetivos y, por supuesto los materiales sólo para empezar.

Inicia el proceso y ya estamos en el desarrollo. Pronto conseguimos resultados. Obtenemos energía, productos finales, materiales y desechos. Podremos encarar nuevos procesos o entrar en ciclos de mantenimiento. Es importante cuidar lo que tenemos. Los nuevos procesos servirán para crecer. ¿qué resultados obtuviste o estás obteniendo? Sí no haces nada, ¿estás en algún proceso? ¿Estás metido en algún círculo vicioso?

Vos sos el responsable de tu aprendizaje.

miércoles, 8 de junio de 2016

La educación transforma


Hasta acá, todos hemos vivido cosas. Algunas buenas, otras malas y algunas donde sólo fuimos meros espectadores. Pero una cosa es cierta, no hemos llegado vacíos. Eso que traemos debemos usarlo para continuar creciendo. Quizá nos vayamos por las ramas, pero es lo que debe pasar porque uno construye sobre la base que ya existe. Y puede que necesitemos quitar completamente algo, para lo cual necesitamos ser conscientes de ello. Es importante reconocer para qué vive uno. ¿Para un propósito? o ¿para saciar una necesidad?. El profesor tratará de encontrar el personaje de cada uno y sacarlo del bunker. La idea no es que se encuentren consigo mismos. Las idea es que puedan llegar al propósito de sus vidas. Cuando vivimos con propósito vivimos para dar a los demás. De este modo nos complementamos y trabajamos en equipo. Del otro lado, viviendo desde la necesidad no hará proceder sin tener en cuenta al prójimo y generando un ambiente viciado por la competencia, que más vale temprano que tarde será DESLEAL. Vivir con propósito nos hace dar cuenta de que todos estamos en la misma y que es innecesario buscar sacar ventaja porque de está vida salimos todos por la misma puerta. El docente debe despertar el deseo de estar con los demás y servir.
LA EDUCACIÓN TRANSFORMA, el profesor guía, conduce, crea el ambiente adecuado para que cada alumno pueda tomar la decisión de aprender., ya que lo hace quién quiere.